Las confesiones
Las confesiones Aunque no me lo hubiese agradecido, no me arrepentiría de no haberle querido engañar en nada, y tampoco tengo que arrepentirme haber correspondido mal a sus bondades, pero sí de haberlo hecho alguna vez con poca finura, mientras él usaba una gracia infinita en el modo de dispensármelas. Pasados algunos días, me envió una cesta de caza que recibí como debía. Algún tiempo después, me mandó otra, y uno de sus monteros de caza me escribió por orden suya que era de los parques de Su Alteza y muerta por su propia mano. Recibíla también; pero escribí a la señora de Boufflers diciéndola que otra vez no lo admitiría. Esta carta fue generalmente vituperada, y merecía serlo. Rehusar presentes de esta especie de un príncipe de sangre real que, además, hacía el regalo con tanta discreción, era más bien portarse como hombre rústico y mal educado, que se olvida de lo que ha sido, que como hombre altivo que quiere conservar su independencia. Jamás he vuelto a leer esta carta en mi colección, sin ruborizarme y sin arrepentirme de haberla escrito. Mas al fin no he emprendido mis Confesiones para callarme las impertinencias, y ésta me indigna demasiado a mí mismo para permitirme disimularla.