Las confesiones

Las confesiones

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Si no cometí la de convertirme en su rival, poco le faltó; pues a la sazón la señora de Boufflers era todavía su querida, y yo no lo sabía. Venía a verme con frecuencia, acompañada del caballero Lorenzi: era bella y joven aún; descubríase en ella su sentimiento romántico, y yo lo tuve siempre novelesco, lo cual nos aproximaba bastante. Estuve a punto de enamorarme, y creo que ella lo conoció; el caballero lo notó también; a lo menos me habló de ello de manera que parecía darme ánimos. Pero esta vez fui prudente, y ya era tiempo de serlo a los cincuenta años. Penetrado de la lección que acababa de dar a los viejos verdes en mi carta a D’Alembert, me avergoncé de aprovecharla tan mal yo mismo; y por otra parte sabiendo lo que había ignorado, hubiera sido preciso perder la razón para llevar tan allá mi atrevimiento. En fin, mal curado aun tal vez de mi pasión por la señora de Houdetot, conocí que nada podía reemplazarla en mi corazón y me despedí del amor para siempre. En el momento en que escribo esto, acabo de recibir los peligrosos avances de una mujer joven que tiene puestos en mí sus peligrosos ojos; pero si ella ha fingido olvidar mis doce lustros, yo me he acordado de ellos. Después de salir de este paso, no temo las recaídas, y respondo de mí para el resto de mis días.



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