Las confesiones
Las confesiones Al partir de Montmorency para Suiza, había determinado pararme en Iverdun, en casa de mi antiguo y buen amigo el señor de Roguin, que se había retirado allí hacía algunos años y me había invitado a que fuese a verle. Por el camino supe que yendo por Lyon se daba un rodeo; esto me dispensó de pasar por él. Mas en cambio era preciso pasar por Besançon, plaza de guerra y, por consiguiente, sujeta al mismo inconveniente. Entonces se me ocurrió desviarme del camino y pasar por Salins, so pretexto de ir a ver al señor de Mayrand, sobrino de Dupin, que tenía un empleo en las salinas, y tiempo atrás me había instado vivamente a que le hiciese una visita. Este recurso me produjo buen efecto; no encontré al señor de Mayrand; satisfecho al verme dispensado de detenerme, seguí mi camino sin que nadie me molestase.