Las confesiones

Las confesiones

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Al entrar en territorio de Berna, hice parar el calesín; bajé, me prosterné, abracé, besé la tierra y exclamé en un momento de arrebato: ¡Oh cielo, protector de la virtud, te doy gracias! ¡Estoy al fin en tierra de libertad! De esta suerte, confiado y ciego en mis esperanzas, siempre me he apasionado por lo que había de ser causa de mis desgracias. El postillón, sorprendido, me creyó loco; volví a subir en mi silla, y pocas horas después tuve el placer tan puro como vivo de hallarme en los brazos del respetable Roguin. ¡Ah, respiremos algunos instantes en casa de este digno huésped! Necesito cobrar valor y fuerzas; pronto hallaré en qué emplearlos.

Si me he extendido en el relato que acabo de hacer, sobre todo en las circunstancias que he podido recordar, no ha sido sin motivo. Aunque no parezcan muy luminosas, cuando se tiene el hilo de la trama pueden arrojar luz sobre su curso, y, por ejemplo, sin dar la primera idea del problema que voy a proponer, facilitan mucho su resolución.






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