La Filosofía en el tocador

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SRA. DE SAINT–ANGE: Me parece que no tardará mucho con las disposiciones que sé que tiene…

EL CABALLERO: Pero, dime, querida hermana, ¿no temes nada de los padres? ¿Y si esa jovencita habla al volver a su casa?

SRA. DE SAINT–ANGE: No temo nada, he seducido al padre…, es mío. ¿Tendré que confesártelo? Me he entregado a él para cerrarle los ojos; ignora mis designios, pero nunca se atreverá a profundizar en ellos… Lo tengo.

EL CABALLERO: ¡Tus medios son horribles!

SRA. DE SAINT–ANGE: Así han de ser para que resulten seguros.

EL CABALLERO: Y dime, por favor, ¿cómo es esa joven?

SRA. DE SAINT–ANGE: Se llama Eugenia, y es la hija de un tal Mistival, uno de los recaudadores[2] más ricos de la capital, de unos treinta y seis años; la madre tiene todo lo más treinta y dos, y la muchacha, quince. Mistival es tan libertino como su mujer devota. En cuanto a Eugenia, sería en vano, amigo mío, que tratara de pintártela: está por encima de mis pinceles; bástete estar convencido de que ni tú ni yo hemos visto nunca algo tan delicioso en el mundo.


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