La FilosofÃa en el tocador
La FilosofÃa en el tocador SRA. DE SAINT–ANGE: ¿Sabes, hermano, que estoy algo arrepentida de mi curiosidad y de todos los proyectos obscenos formados para hoy? En verdad, amigo mÃo, que eres demasiado indulgente; cuanto más razonable debiera ser, más se excita y vuelve libertina mi maldita cabeza: me lo pasas todo, y eso sólo sirve para echarme a perder… A los veintiséis años ya debiera ser devota, y no soy aún sino la más desenfrenada de las mujeres… Es imposible hacerse una idea de lo que concibo, amigo mÃo, de lo que querrÃa hacer. Pensaba que limitándome a las mujeres me volverÃa prudente…, que mis deseos concentrados en mi sexo no se exhalarÃan ya hacia el vuestro; proyectos quiméricos, amigo mÃo; los placeres de que querÃa privarme no han venido sino a ofrecerse con más ardor a mi imaginación, y he visto que cuando, como yo, se ha nacido para el libertinaje, es inútil pensar en imponerse frenos: fogosos deseos los rompen al punto. En fin, querido, soy un animal anfibio; amo todo, me divierto con todo, quiero reunir todos los géneros; pero, confiésalo, hermano mÃo, ¿no es en mà una extravagancia completa querer conocer a ese singular Dolmancé que, según dices, en toda su vida no ha podido ver a una mujer como el uso lo prescribe; que, sodomita por principio, no sólo es idólatra de su sexo, sino que únicamente cede al nuestro con la cláusula especial de entregarle los queridos atractivos de que está acostumbrado a servirse en los hombres? Mira, hermano, cuál es mi extravagante fantasÃa: quiero ser el GanÃmedes de ese nuevo Júpiter, quiero gozar con sus gustos, con sus desenfrenos, quiero ser la vÃctima de sus errores: sabes, querido, que hasta ahora nunca me he entregado asà más que a ti, por complacencia, o a alguno de mis criados que, pagado para tratarme de esa forma, sólo se prestaba a ello por interés; hoy no es ya ni la complacencia ni el capricho, es sólo el gusto lo que me decide… Entre los procedimientos que me han esclavizado y los que aún me esclavizarán a esa extravagante manÃa, veo una diferencia inconcebible, y quiero conocerla. PÃntame a tu Dolmancé, te lo suplico, a fin de que lo tenga bien metido en la cabeza antes de verle llegar; porque ya sabes que sólo le conozco de haberlo encontrado el otro dÃa en una casa en la que sólo estuve unos minutos con él.
