Los Crímenes del amor

Los Crímenes del amor

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Los romanos, más inclinados a la crítica y a la maldad que al amor o a la súplica, se contentaron con algunas sátiras como las de Petronio y de Varrón, que nos guardaríamos mucho de clasificar en el número de las novelas[22].

Los galos, más cerca de esas dos debilidades, tuvieron sus bardos, a los que puede mirarse como los primeros novelistas de la parte de Europa que hoy habitamos. La profesión de esos bardos era, según Lucano, escribir en verso las acciones inmortales de los héroes de su nación, y cantarlas al son de un instrumento que se parecía a la lira; muy pocas de estas obras son conocidas en nuestros días. Tuvimos luego los hechos y gestas de Carlomagno, atribuidas al arzobispo Turpin, y todas las novelas de la Tabla Redonda, los Tristán, los Lanzarote del Lago, los Percival, escritas todas con la mira de inmortalizar a héroes conocidos o inventar, siguiendo a éstos, otros que, adornados por la imaginación, les superen en maravillas. Pero ¡qué distancia entre éstas, largas, enojosas, apestadas de superstición, y las novelas griegas que las habían precedido! ¡Qué barbarie y grosería sucedían a novelas llenas de gusto y de agradables ficciones cuyos modelos nos habían dado los griegos! Pues aunque hubo otros, desde luego, antes que ellos, al menos entonces sólo se conocía a éstos.


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