Los Crímenes del amor
Los Crímenes del amor Entre el número de jóvenes que, gracias a esa estratagema, embellecían la corrompida corte de ese príncipe, Florinda, de unos dieciséis años, sobresalía entre sus compañeras como la rosa en medio de las flores. Era hija del conde Julián, a quien Rodrigo acababa de utilizar en África para oponerse a las negociaciones de Anagilda; pero, como la muerte de don Sancho y de su madre habían vuelto inútiles las operaciones del conde, indudablemente habría podido regresar; y habría vuelto de no ser por la belleza de Florinda. Tan pronto como Rodrigo hubo visto a esta encantadora criatura, comprendió que la vuelta del conde iba a ser un obstáculo a sus deseos; le escribió ordenándole permanecer en África, y, ansioso por gozar de un bien que aquella ausencia parecía asegurarle, sin importarle los medios para conseguirlo, mandó un día llevar a Florinda al interior de su palacio, y allí, más ansioso por recoger favores que por volverse digno de ellos, Rodrigo, feliz, sólo piensa en otros latrocinios.
Suele ocurrir que quien ultraja olvida rápidamente sus injurias, pero el que acaba de sufrirlas goza por lo menos del derecho a recordarlas.