Los Crímenes del amor

Los Crímenes del amor

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Al bajar los escalones que la conducían al patio, preguntó por su hijo: Dorgeville, cuyo noble y generoso corazón hacía educar a aquel niño con el mayor cuidado, no creyó que debía negarle ese consuelo. Le llevan a la pobre criatura; ella lo coge, lo estrecha contra su seno, lo besa… y luego, sofocando inmediatamente los sentimientos de ternura que, ablandando su alma, tal vez iban a dejar penetrar en ella con demasiada fuerza todos los horrores de su situación, ahoga al miserable niño con sus propias manos.

—Vete —dice mirándole—, no vale la pena que veas la luz para no conocer otra cosa que la infamia, la vergüenza y el infortunio; que no quede sobre la tierra rastro alguno de mis fechorías, y conviértete en la última víctima.

Tras estas palabras, la malvada se lanza al coche del oficial, Saint-Surin marcha detrás, encadenado sobre un caballo, y al día siguiente, a las cinco de la tarde, estas dos execrables criaturas perecieron en medio de los espantosos suplicios que les reservaban la cólera del cielo y la justicia de los hombres.




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