Cuentos de humor negro

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Todos volvieron hacia ella la cabeza, llenos de asombro. De costumbre se sentaba a la mesa en silencio, compuesta y apartada, sin hablar nunca, a menos que alguien le dirigiera la palabra; y eran pocos los que se tomaban la molestia de entablar conversación con ella. Hoy la invadía una locuacidad insólita. Siguió hablando, con voz rápida y excitada, mirando al frente y al parecer sin dirigirse a nadie en particular.

—Los aullidos no se escuchan cuando alguien muere en el castillo. Sólo cuando alguien de la familia Cernogratz moría aquí los lobos venían de lejos y de cerca y se ponían a aullar en la linde del bosque justo antes de la hora final. Únicamente unos cuantos lobos tenían sus guaridas por estos lados, pero en aquellas ocasiones los guardabosques decían que se contaban por montones, deslizándose en la oscuridad y aullando en coro. Y entonces los perros del castillo, la aldea y las granjas de los alrededores empezaban a ladrar y aullar de miedo y rabia contra el coro de los lobos; y cuando el alma del moribundo abandonaba el cuerpo se escuchaba el estrépito de un árbol que caía en el parque. Eso es lo que pasaba cuando moría un Cernogratz en el castillo de sus ancestros. ¡Pero si un forastero muere aquí, es claro que ningún lobo va a aullar y ningún árbol se va a desplomar! ¡Ah, eso no!


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