Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro El largo trato con la familia reinante la convertía en un personaje de merecida importancia ante los ojos de su viejo amigo el burgomaestre; de modo que fue consultada por el ansioso dignatario con motivo de la magna ocasión en que el príncipe dejó saber sus intenciones de acudir en persona a inaugurar un sanatorio en las afueras de la villa. Se habían dispuesto todos los detalles de costumbre para un programa de recepción, algunos fatuos y trillados, otros pintorescos y llenos de encanto, pero el burgomaestre tenía la esperanza de que la ingeniosa dama inglesa resultara con un aporte novedoso y de buen tono en lo tocante a un saludo que diera prueba de lealtad. El mundo exterior, si acaso se tomaba la molestia, consideraba al príncipe un reaccionario de la vieja guardia que combatía el progreso moderno, por así decirlo, con una espada de madera. Para su pueblo era un viejo y bondadoso caballero, dueño de cierta majestad cautivadora en la que no había ni pizca de altivez. Knobaltheim deseaba lucirse. Lady Barbara discutió el asunto con Lester y uno o dos conocidos en el pequeño hostal donde se habían alojado, pero no se les ocurría nada en particular.
—¿Puedo sugerir algo a la gnädige Frau? —preguntó una dama de tez cetrina y pómulos altos a quien la inglesa le había dirigido una o dos veces la palabra y a la que había clasificado como eslava del sur.