Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro En aquella fecha memorable el ángel pascual, en un traje realmente bonito y pintoresco, fue centro del afable interés de la engalanada compañía que esperaba en orden a su alteza. La madre estuvo muy discreta y menos cargante de lo que la mayoría de las madres habrían estado en similares circunstancias, limitándose a estipular que ella misma debía colocar el huevo de Pascua en los bracitos que con tanto cuidado habían sido adiestrados para llevar la preciosa carga. Hecho esto, lady Barbara avanzó, con el niño marchando impasible y con torva decisión al lado suyo. Le habían prometido montones de tortas y confites si entregaba el huevo con toda corrección y reverencia al viejo y bondadoso caballero que lo aguardaba para recibirlo. Lester había tratado de comunicarle en privado que lo esperaban horribles bofetones si fallaba en lo que le tocaba de aquel acto, pero es dudoso que su alemán hubiese producido algo más que una pasajera desazón. Lady Barbara había tomado la precaución de llevar consigo una reserva de emergencia de bombones de chocolate: los niños pueden ser oportunistas, pero no son amigos de los pagos a largo plazo. Cerca del regio estrado lady Barbara se apartó con discreción y el infante de rostro imperturbable avanzó solo, con paso tambaleante pero decidido, alentado por el murmullo de aprobación de los adultos. Lester, que se encontraba en la primera fila de espectadores, se dio vuelta para buscar entre la multitud las caras radiantes de los felices padres. En un camino lateral que conducía a la estación divisó un coche; y entrando en él, con claras señas de clandestina prisa, vio a la pareja de rostros morenos que se habían mostrado tan verosímilmente entusiasmados con la «idea primorosa». El aguzado instinto de la cobardía le iluminó la situación en un relámpago. Sintió el rugido de la sangre que le bullía en la cabeza, como si en sus venas y arterias se hubieran abierto miles de compuertas y su cerebro fuera el canal en donde desaguaban todos los torrentes. Todo a su alrededor se puso borroso. Luego la sangre empezó a bajar en rápidas oleadas, hasta que el propio corazón le pareció escurrido y hueco, y se quedó plantado allí, mirando apabullada, desesperada y estúpidamente al niño que llevaba la maldita carga con pasos lentos e implacables, cada vez más cerca del grupo de personas que como borregos se aprestaban para recibirlo. Una curiosidad hipnótica obligó a Lester a volver otra vez la cabeza hacia los fugitivos: el coche había arrancado a toda marcha con rumbo a la estación.