Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro La señora Yonelet era una mujer llena de iniciativa y don de mando. Involucraba a los otros invitados, al peso muerto, por decirlo así, en toda clase de ejercicios y ocupaciones que los separaran de Bertie y Dora, que de este modo podían ajustarse a sus propios planes; es decir, a los planes de Dora, con la pasiva aquiescencia de Bertie. Dora ayudaba en la decoración navideña de la iglesia parroquial, y Bertie le ayudaba a ayudar. Juntos daban de comer a los cisnes, hasta que las aves entraron en huelga por dispepsia; jugaban billar juntos, fotografiaban juntos los orfanatos de la población y, desde una prudente distancia, el alce domesticado que pastaba altivo y solitario por el parque. Era «domesticado» en el sentido de que hacía tiempo había perdido el último vestigio de temor a la raza humana; pero nada en su pasado alentaba a los vecinos humanos a sentir una confianza recíproca.
No importa qué deporte, ejercicio u ocupación practicaran juntos Dora y Bertie, era sin falta relatado y ensalzado por la señora Yonelet para correcta ilustración de la abuela de Bertie.
—Ese par de inseparables acaban de llegar de un paseo en bicicleta —anunciaba—. ¡Qué linda imagen forman, frescos y rozagantes después de dar una vueltecita!
—Una imagen en busca de palabras —comentaba Teresa en privado.