Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro EGBERT ENTRÓ EN la amplia sala oscura con el aire de quien no sabe si entra a un palomar o a un polvorÃn y viene preparado para ambas contingencias. No habÃan rematado la pequeña disputa doméstica sostenida durante el almuerzo, y ahora la cuestión era tantear hasta qué punto lady Anne estaba de humor para renovar o abandonar las hostilidades. Su postura en el sillón junto a la mesa de té era más bien elaborada y tiesa; y en la penumbra de la tarde decembrina los quevedos de Egbert no ayudaban gran cosa a discernir la expresión de su cara.
Para romper el hielo superficial que pudiera existir, Egbert dijo algo sobre lo tenue y mÃstico de la poca luz. Alguno de los dos solÃa hacer esta observación entre las 4.30 y las 6 en las tardes de invierno y finales del otoño; hacÃa parte de su vida conyugal. CarecÃa de respuesta fija, y lady Anne no adelantó ninguna. Don Tarquinio se encontraba tendido sobre la alfombra persa, calentándose a la lumbre del hogar con majestuosa indiferencia por el posible mal humor de lady Anne. Su pedigree era tan intachablemente persa como la alfombra, y su pelaje entraba ya en el esplendor de un segundo invierno. El criado, que tenÃa inclinaciones renacentistas, lo habÃa bautizado Don Tarquinio. De ser por ellos, Egbert y lady Anne de seguro lo habrÃan puesto Pelusa; pero no eran personas obstinadas.
