Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro En el sombrío e inhóspito jardín, vigilado por tantas ventanas siempre prontas a abrirse y soltar la advertencia de no hacer esto o aquello, o el aviso de que era hora de tomar la medicina, hallaba él escasos atractivos. Los pocos árboles frutales que encerraba estaban celosamente vedados a sus manos, como si fueran raros especimenes que florecieran en un yermo; si bien quizás habría costado encontrar un verdulero dispuesto a ofrecer diez chelines por la cosecha de todo el año. Sin embargo, en un rincón perdido y casi oculto tras unos setos desmayados, había un cobertizo en desuso de considerables dimensiones; y bajo su techo Conradin encontraba refugio, algo que asumía los diversos visos de un cuarto de juegos y de una catedral. Lo había poblado con una legión de fantasmas familiares, sacados en parte de episodios históricos y en parte de su propia mente, pero el lugar también hacía gala de dos inquilinos de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina de Houdan de plumaje alborotado, a la que el niño prodigaba un afecto que a duras penas encontraba más salidas. Más al fondo, en la penumbra, había una amplia jaula dividida en dos compartimientos, uno de los cuales tenía al frente unas barras de hierro muy cerradas. Ésta era la morada de un gran hurón que su amigo el recadero de la carnicería había entrado de contrabando, con jaula y todo, a cambio de una reserva de monedas de plata atesoradas durante largo tiempo. Conradin le tenía pavor a la elástica fiera de colmillos agudos, aun cuando era su más preciada posesión. Su sola presencia en el cobertizo era motivo de una terrible y secreta alegría, que debía ocultar con sumo cuidado a La Mujer, como en secreto apodaba a la prima. Y un día, sabrá el cielo a partir de qué materia, hiló para la bestia un nombre fabuloso, y desde ese momento ésta adquirió la talla de un dios y una religión. La Mujer se entregaba a las prácticas religiosas una vez por semana en una iglesia de la vecindad, y llevaba con ella a Conradin, aunque el oficio litúrgico a él le parecía un rito ajeno en el templo de una divinidad asiria. Todos los jueves, en el mustio silencio del cobertizo, rendía un místico y complicado culto frente a la jaula de madera que habitaba Sredni Vashtar, el gran hurón. Ofrecía ante este santuario flores rojas cuando era la estación y bayas escarlatas en invierno, pues este dios ponía especial énfasis en la cara feroz e intolerante de las cosas; al contrario de la religión de La Mujer, que, hasta donde observaba Conradin, llegaba a extremos en la dirección opuesta. Y en las grandes festividades esparcía polvo de nuez moscada frente a su jaula, siendo parte importante de la ofrenda el hecho de que la nuez moscada tenía que ser robada. Estas festividades ocurrían con irregularidad y eran decretadas principalmente para celebrar algún suceso transitorio. En cierta ocasión, cuando la señora De Ropp padeció un agudo dolor de muelas por tres días seguidos, Conradin guardó las fiestas durante el mismo tiempo, llegando casi a convencerse de que Sredni Vashtar era en persona responsable del dolor de muelas. De haber durado el mal un día más, las existencias de nuez moscada se habrían agotado.