Cuentos de humor negro

Cuentos de humor negro

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Clyde vagaba, cazaba y soñaba por las altas estepas del planeta, agraciado y letal como un dios de la Hélade. Iba de un campamento a otro con sus sirvientes, sus caballos y demás seguidores cuadrúpedos, huésped bienvenido de burdos aldeanos y de nómadas, amigo y verdugo de las ariscas y veloces bestias del entorno. En las orillas de los brumosos lagos de la altiplanicie derribó aves silvestres que llegaban allí luego de atravesar al vuelo la mitad del Viejo Mundo; más allá de Bujará presenció las piruetas de los bravíos jinetes arios; y presenció también, en la luz mortecina de una casa de té, una de esas hermosas y misteriosas danzas que jamás se olvidan por completo; o, dando un amplio rodeo para bajar al valle del Tigris, se sumergió y meció en sus corrientes, enfriadas por las nieves. Mientras tanto, Vanessa, en una callejuela de Bayswater, hacía la lista semanal de la lavandería, asistía a las ventas de saldos y, en los momentos de mayor audacia, ensayaba nuevas maneras de cocinar merluza. De vez en cuando iba a reuniones de bridge, en donde, si bien el juego no era muy instructivo, por lo menos se aprendía mucho acerca de la vida privada de algunas casas reales e imperiales. En cierto modo, Vanessa estaba contenta de que Clyde hubiera hecho lo correcto. Tenía una fuerte propensión hacia el decoro, aunque habría preferido ser decorosa en un ambiente de mejor tono, donde su ejemplo habría servido más. Ser intachable ya era algo. Pero ser intachable en las vecindades de Hyde Park habría sido más grato.


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