Cuentos de humor negro
Cuentos de humor negro Ya a solas, Jocantha continuó el proceso de contemplar su vida con ojos plácidos e introspectivos. Si no tenía todo lo que quería en este mundo, por lo menos estaba muy contenta con lo que había conseguido. Estaba muy satisfecha, por ejemplo, con el cuartico de descanso, que de algún modo lograba ser acogedor, primoroso y costoso al mismo tiempo. Las porcelanas eran piezas raras y bellas, los esmaltes chinos adquirían maravillosos tintes a la luz del hogar, las cortinas y alfombras seducían la vista a través de suntuosas armonías de color. En aquel cuarto se podía atender con toda propiedad a un embajador o un arzobispo, pero también allí sería posible recortar láminas para un álbum, sin por ello temer que la basura ofendiese a los lares del sitio. Y tal como ocurría con el cuartico de descanso, igual pasaba con el resto de la casa; y tal como con la casa, igual con las demás esferas de la vida de Jocantha. En verdad tenía razones para ser una de las mujeres más contentas de Chelsea.