Cuentos de humor negro

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Jocantha pidió té y un muffin y luego dirigió una mirada amistosa a su vecina, con el propósito de llamarle la atención. Justo en ese momento la cara de la muchacha se iluminó de placer, sus ojos chispearon, se sonrojaron sus mejillas y estuvo a punto de lucir bonita. Un hombre joven, a quien saludó con un cariñoso «¡Hola, Bertie!», vino hasta su mesa y tomó asiento frente a ella. Jocantha miró con ojos penetrantes al recién llegado. Tenía cara de ser unos años más joven que ella misma y era mucho más guapo que Gregory; de hecho, bastante más guapo que cualquiera de los jóvenes de su grupo de amigos. Conjeturó que sería un cortés dependiente de algún almacén de ventas al por mayor, que se las apañaba para subsistir y divertirse con un salario diminuto y que dispondría de unas vacaciones de dos semanas al año. Era consciente, por supuesto, de ser bien parecido, pero con la cohibición propia de los anglosajones y no con la flagrante complacencia del latino o semita. Era obvio que mantenía estrechas relaciones de amistad con la muchacha con quien conversaba. Probablemente derivaban hacia un compromiso formal. Jocantha se imaginó el hogar del muchacho, en una esfera muy reducida, con una madre latosa que a todas horas quería saber cómo y dónde pasaba él las noches. A su debido tiempo cambiaría aquella pesada esclavitud por un hogar propio, regido por la falta crónica de libras, chelines y peniques y la escasez de casi todas las cosas que hacen la vida cómoda y atractiva. Jocantha se sintió en extremo apiadada de él. Se preguntó si habría visto El pavón amarillo; las posibilidades estaban muy a favor de la suposición de que no lo hubiera visto. La muchacha había terminado el té y dentro de poco regresaría al trabajo. Cuando el joven estuviera solo, a Jocantha le sería muy fácil decirle: «Mi marido tiene otros planes para mí esta noche. ¿Le interesaría hacer uso de este billete, para que no se pierda?». Y después podía volver allí una tarde a tomar el té y, si se lo topaba, preguntarle cómo le había parecido la función. Si era un joven agradable y mejoraba con el trato, podía darle más billetes de teatro y tal vez invitarlo un domingo a tomar el té en Chelsea. Jocantha decidió que sí mejoraría con el trato, que le iba a simpatizar a Gregory y que el asunto del hada madrina iba a resultar más entretenido de lo que había previsto en un comienzo. El muchacho era claramente presentable: sabía peinarse, posiblemente por aptitud imitativa; sabía qué color de corbata le sentaba, por intuición quizás; y era exactamente del tipo que atraía a Jocantha, por accidente, desde luego. En fin, se sintió bastante complacida cuando la chica miró el reloj y dio un cálido pero apresurado adiós a su compañero. Bertie se despidió con la cabeza, bebió el té de un buchado y procedió a sacar del bolsillo del sobretodo un libro que llevaba por título Cipayo y sahib, relato de la gran rebelión.


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