La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Era una tarde sofocante y en el vagón reinaba la consiguiente atmósfera de bochorno. La siguiente parada sería Templecombe, al cabo de casi una hora. Los ocupantes del vagón eran una chiquilla, una chiquilla más pequeña y un chiquillo. Una tía de los niños ocupaba un asiento en un extremo y el asiento del extremo opuesto lo ocupaba un joven caballero que era ajeno al grupo, pero las chiquillas y el chiquillo ocupaban ostensiblemente todo el compartimiento. Tanto la tía como los niños mantenían un tipo de conversación restringida y persistente que recordaba a las efusiones de una mosca doméstica inasequible al desaliento. Aparentemente, la mayor parte de las observaciones de la tía comenzaba por “No” y casi todas las observaciones de los niños empezaban con “¿Por qué?”. El joven caballero no pronunciaba una sola palabra.
—No, Cyril, no —exclamó la tía cuando el muchachito empezó a chupetear las almohadillas del asiento, levantando una nube de polvo a cada bufido.
—Ven a mirar por la ventanilla —añadió.
El niño se encaminó de mala gana hacia la ventana.
—¿Por qué se llevan las ovejas de ese prado? —inquirió.
—Supongo que se las llevan a otro prado en que haya más hierba —dijo la tía quedamente.
