La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne La señora De Ropp no se había confesado a sí misma, ni en sus momentos de máxima sinceridad, que le disgustaba Conradin, pese a ser oscuramente consciente de que contrariarle “por su propio bien” era una tarea que no encontraba particularmente enojosa. Conradin la odiaba con una desesperada sinceridad que era perfectamente capaz de ocultar. Aquellos escasos placeres que podía agenciarse por sí mismo incorporaban una fruición adicional gracias a la probabilidad de que desagradaran a su tutora y ésta quedaba totalmente fuera del reino de su imaginación; como una cosa inmunda que no hallaría acceso alguno.