La reticencia de Lady Anne
La reticencia de Lady Anne Crefton Lockyer hallábase sentado a sus anchas, tanto de cuerpo como de espíritu, en la pequeña franja de terreno, mitad huerto mitad jardín, que colindaba con el corral en Mowsle Barton. Después de la tensión y el fragor de largos años de vida urbana el sosiego y la paz de aquel caserón circundado de lomas asaltaron sus sentidos con una intensidad casi dramática. El tiempo y el espacio parecían perder su sentido y su apremio: los minutos se diluían en horas y los prados y barbechos formaban declives en la distancia, suave e imperceptiblemente. Los matojos de seto vivo irrumpían entre las flores del jardín y las flores trepadoras y los arbustos del jardín lanzaban su contraofensiva contra el corral y la vereda. Gallinas de aspecto soñoliento y patos solemnes y absortos sentíanse como en casa ya fuera en el patio, en el huerto o en la carretera; nada parecía pertenecer definitivamente a ninguna parte; ni siquiera las puertas se encontraban forzosamente sobre sus goznes. Y sobre todo aquel escenario planeaba una sensación de paz que tenía una calidad casi mágica. Por la tarde se tenía la sensación de que siempre había sido por la tarde; durante el crepúsculo se tenía la certeza de que nunca había habido sino crepúsculo. Crefton Lockyer hallábase sentado a sus anchas en el rústico banco situado bajo un añoso níspero y decidió que aquí estaba ese varadero vital que su mente se había representado tan vivamente y que en los últimos tiempos sus fatigados y ajetreados sentidos habían anhelado tan a menudo. Fijaría su residencia estable entre aquella gente sencilla y amistosa, incrementando gradualmente las modestas comodidades de las que le agradaría rodearse pero adaptándose todo lo posible a sus modos de vida.
