La reticencia de Lady Anne

La reticencia de Lady Anne

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Mixtura para codornices

—El panorama no es muy halagüeño para nosotros, los pequeños comerciantes —les dijo el señor Scarrick al artista y a su hermana, que habían tomado sendas habitaciones encima de un almacén de comestibles en un suburbio de la ciudad—. Los grandes establecimientos ofrecen al público una serie de atractivos que nosotros no podemos permitirnos ni siquiera en pequeña escala… salas de lectura, salas de juegos, gramófonos y Dios sabe qué más. En la actualidad, la gente no se anima a comprar media libra de azúcar si no es escuchando a Harry Lauder o con los resultados del cricket australiano a la vista. Con las existencias que hemos ingresado en almacén de cara a las Navidades deberíamos tener media docena de dependientes ahogados de trabajo pero, en realidad, mi sobrino Jimmy y yo podemos atenderlo todo sobradamente. Es una mercancía muy estimable, además, siempre que pueda darle salida en un par de semanas, pero no hay la menor probabilidad de que tal cosa ocurra… a menos que la línea de Londres quede atascada por la nieve durante una quincena, antes de Nochebuena. Había pensado en la posibilidad de contratar a la señorita Luffcombe para dar unos recitales por las tardes; tuvo un gran éxito en la fiesta de Correos recitando “Los designios de la pequeña Beatriz”.


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