A la conquista de un imperio

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Los tres caballos, que saltaban como si tuvieran alas en las patas, devoraban el espacio como saetas, relinchando ruidosamente.

Bastaron diez minutos para que el mail-cart se encontrara en las calles centrales de Gauhati.

Yáñez y sus compañeros notaron en seguida una animación insólita: se formaban en muchos puntos grupos de personas que discutían animadamente, gesticulando; y en las puertas de las tiendas había un cuchicheo incesante entre los propietarios y sus parroquianos.

En los rostros de toda aquella gente se leía un verdadero espanto.

Yáñez frenó los caballos para no atropellar a algún transeúnte y se volvió hacia sus amigos, guiñándoles un ojo.

—La terrible noticia se ha esparcido ya —dijo el Tigre de Malasia, sonriendo—. ¿Dónde nos llevas?

—De momento, a casa de Surama.

—¿Y luego?

—Querría ver a ese condenado favorito del rajá, si se me presenta la ocasión.

—¡Hum! Ya sabes que el príncipe no quiere ver a ningún inglés en su corte.

—Sin embargo, tendrá que recibirme, y con grandes honores —replicó Yáñez.

—¿Cómo lo harás?

—¿Acaso no tengo la piedra?


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