A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio HabÃa transcurrido apenas media hora del audaz secuestro de Surama organizado por el faquir, cuando una de sus servidoras entró en la estancia para anunciar a su joven dueña el regreso del jefe de la escolta con una carta urgente del Tigre de Malasia.
Aunque ya pasaba de la medianoche, la fiel india no vaciló en vestirse con presteza y entrar, habiendo recibido órdenes de despertarla en caso de que se presentara en el, palacio algún mensajero.
El jefe de la escolta de Yáñez se habÃa detenido ante la puerta, pero al oÃr el grito que lanzó la india, se precipitó hacia allÃ, temiendo que algún peligro amenazara a la prometida del portugués.
—¿Por qué chillas as� —preguntó, con una mano en la empuñadura ce la cimitarra.
—¡Ha desaparecido!
—¿Quién?
—Mi señora.
—¡Es imposible!
—¡Mira! La cama está vacÃa.
El malayo hizo un gesto de estupor, luego su piel se puso grisácea, que para ellos equivale a palidÃsima. HabÃa visto la cama deshecha, las mantas tiradas y las sábanas vacÃas.
—¡Secuestrada! —exclamó.
—Ya lo ves: no está.
