A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio »Era casi la hora del crepúsculo y el banquete, preparado en el gran patio interior del palacio, rodeado por completo de altos muros, estaba a punto de terminar, cuando el rajá, no sé con qué excusa, se retiró junto con sus ministros. De repente, cuando la alegría de los invitados había alcanzado el punto culminante, resonó un disparo de carabina, y uno de los familiares del monarca cayó con el cráneo destrozado por una bala. El estupor producido por aquel asesinato en plena orgía duraba aún, cuando retumbó un segundo disparo, derribando a otro invitado, que manchó el mantel con su sangre. Era el rajá quien había hecho los dos disparos. El miserable había aparecido en una terracita que daba al patio y hacía fuego contra sus parientes. Los ojos se le salían de las órbitas, sus facciones estaban alteradas: parecía un verdadero loco. A su alrededor tenía a sus ministros, quienes tan pronto le tendían vasos llenos de licor como carabinas cargadas. Hombres, mujeres y niños corrían locamente por el patio, buscando en vano una salida, mientras el rajá, rugiendo como una bestia feroz, seguía disparando y haciendo nuevas víctimas. Mahur —el más odiado de todos— fue uno de los primeros en caer. Una bala le partió la espina dorsal. Luego cayeron sucesivamente su mujer y sus hijos.