A la conquista de un imperio

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29. En el Brahmaputra

Aquella noche nadie durmió tranquilo en Sadhja. El tumburà —el enorme y espléndido tambor, lleno de dorados y pinturas, de cintas y penachos de plumas de pavo real, que los indios emplean sólo en las grandes ocasiones— no dejó de redoblar ni un instante en la plaza de la pequeña ciudad.

Desde todos los pueblos situados en las pendientes o en las cimas de las vecinas montañas y en las hondas gargantas, se respondía a golpe de hula —otro tipo de tambor, de dimensiones inferiores al tumburà, pero que se oyen igualmente a distancias increíbles—, o se respondía con agudos sones de trompetas de cobre o con descargas de fusil.

Los valerosos montañeses de la frontera birmana, avisados por el incesante redoblar del tumburà de que se acercaba algún importante acontecimiento, acudían de todas partes, en grandes grupos y con todo su equipo de guerra: escudos de piel de bisonte o de rinoceronte, lanzas, carabinas, pistolones, cimitarras y afiladísimos tarwar. Tal vez imaginaban que un ejército birmano había cruzado la frontera y amenazaba la capital de su minúsculo estado, cosa que ya había ocurrido otras veces.

Lo que nadie suponía es que Surama, la hija de su adorado jefe, a quien habían llorado durante muchos años, fuera la causa de todo aquel alboroto.


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