Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa El sonido de un cuerno anunció a los huéspedes, que se habían formado en dos interminables filas a lo largo de la estepa, que la cacería con halcones, primer número de la fiesta, iba a comenzar y que tres gacelas, animales velocísimos, serían la presa de esos rapaces. Se abrió la puerta principal de la casa y apareció Abei pomposamente ataviado en su hermoso bridón y llevando en el puño izquierdo, resguardado por un grueso guante, a su pájaro favorito. Detrás venían los novios: Hossein endosaba un hermoso traje persa de seda blanca con grandes alamares de oro y un gorro cónico con penacho adornado de diamantes y esmeraldas; Talmá, montada en cándida yegua, vestía su indumento de esposa: una magnífica túnica de seda encarnada, sin mangas, que dejaba al descubierto sus hermosos brazos engalanados con preciosas pulseras; calzones a la turca, de seda blanca; una faja azul rodeando sus curvas escultóricas y babuchas rojas con bordados de plata: cubría su cabeza con una especie de tiara de plata dorada incrustada de turquesas y tenía los cabellos separados en dos grandes trenzas, alargadas artificialmente con pelos de camello, sujetas por ristras de perlas y tapadas en parte por un rico encaje antiguo salpicado de rubíes, zafiros y esmeraldas, que le llegaba hasta la cintura. Giah Agha, que venía el último, estaba envuelto en una severa casaca de paño oscuro, se había ceñido un cinturón de piel amarillo que apretaba su famosa cimitarra de Damasco y rodeado su cráneo con un monumental turbante cuyo penacho sostenía un zafiro de inestimable valor. Cada cual llevaba un halcón en la izquierda perfectamente enguantada y su aparición fue saludada con un alarido salvaje que salía de mil bocas: