Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa Los turquestanos no cuentan en su historia un Carlos V que dio en feudo la isla de Malta contra el tributo anual de un halcón blanco amaestrado; ni sacerdotes que se dedicaran más a criar estos rapaces que a sus prácticas religiosas; ni barones fanáticos, como algunos ingleses, que reclamaban el derecho de colocar sus pajarracos sobre los altares mientras se celebraban las funciones; ni un Francisco I que tenía un halconero mayor, jefe de quince nobles y cincuenta servidores, para cuidar a los trescientos que poseía: ni un Ludovico II que condenaba a muerte a quien robaba un halcón y a un año de cárcel al que sustraía un huevo de sus nidos. Con todo, los ricos, en especial los beg y los khanes, sienten una gran pasión por esas aves cazadoras y emplean para amaestrarlas los mismos métodos de los antiguos señores feudales.