Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —Será una defección de parte nuestra —opinó Hossein.
—Es evidente de buena guerra, señor —le replicó el gigante—. El beg nos ha engañado y nosotros le devolvemos el golpe. Vamos, señor, no tenemos nada que ver con el emir de Bukara ni con sus protectores. —Se volvió a sus hombres y le ordenó con su vozarrón de trueno—. ¡A caballo, amigos! ¡A cargar a los rusos!
Era tal la confusión reinante que nadie se preocupó de la retirada del pelotón auxiliar. Los atacantes, protegidos por la artillerÃa de la trinchera y profiriendo fragorosas ¡hurras!, se habÃan lanzado al asalto llevando altas escaleras y sin preocuparse de los millares de fusiles que disparaban contra ellos. El séquito de Hossein atravesó a galope tendido la ciudad atiborrada de fugitivos, muchos de los cuales fueron atropellados y pisoteados por los caballos, y alcanzaron la puerta de Raschid guardada por algunos defensores.
—¡Abran! —les gritó Tabriz desenvainando su cangiar—. ¡Orden de Djura Bey!
—¿Qué van a hacer? —le preguntó el que mandaba la patrulla.
—¡Cargar a los rusos por la espalda! —contestó el coloso—. ¡Apúrate, antes de que tomen por asalto la torre de Ravatak!
La puerta fue abierta y la comitiva cruzó como un huracán el puente levadizo.