Aguilas de la estepa

Aguilas de la estepa

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—Es inútil señor —objetó el bandido—. Nadie vendrá a turbar nuestro sueño. En estos parajes en que falta el agua no se ve nunca a nadie. Cenemos y durmamos tranquilamente para reponer fuerzas y poder reanudar la marcha al despuntar el alba.

Devoraron otro trozo de oso, bebieron parcamente y cavaron un pozo en la arena en el que se dejaron caer teniendo las armas a mano. Diez minutos después Hossein y Tabriz, que estaban rendidos, dormían profundamente, pero no Karawal, quién habituado quizás a caminar o más resistente al sueño, había pegado el oído en el suelo y puéstose a escuchar acuciosamente. Permaneció así una media hora, luego se incorporó silencioso tratando de no hacer crujir la arena y musitó:

—Debe ser él; no es tan tonto como lo creía… —dirigió una mirada a los durmientes y prosiguió—: Esta sería una buena ocasión para terminar con ellos, pero es peligroso. Con este oso no debe jugarse… mientras mato a uno el otro puede saltarme encima y entonces ¡adiós ambiciones de comandar la banda! Hay que ser prudente y tener paciencia… ¡No soy un estúpido!

Esperó algunos minutos y después de comprobar que ni Tabriz ni Hossein se habían movido, ascendió la duna sin producir el menor rumor y se situó en la cima monologando:


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