Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa Los usbekis que habÃan fugado ante la decisión y el coraje de los turquestanos, volvÃan reforzados y deliberaban a unos cincuenta pasos sobre la mejor manera de apoderarse de los recalcitrantes. Luego, temiendo alguna inopinada descarga, se habÃan tendido detrás de una mata de arbustos.
—¡Uhm!… —murmuró el gigante—. ¡No me parecen muy corajudos estos soldados del emir! ¡Con dos docenas de hombres yo habrÃa tomado a esta hora, de asalto, su reducto!
—¡No te adelantes, Tabriz! La partida no ha comenzado todavÃa. Has olvidado que en el reducto hay falconetes y que esta tapera tiene las paredes de barro… —lo amonestó el joven, que no participaba de su optimismo.
En el mismo instante partió de la mata un tiro de fusil que fue a incrustarse en la mesa que les servÃa de barricada. El coloso dio un salto y se puso al reparo detrás de la puerta.
—Por lo visto se han decidido —dijo sonriendo—. ¡Son más prudentes que conejos!
—¡Calla, Tabriz, y trata de no exponerte!
—No temas, señor. Voy a dejar que derrochen sus municiones. También yo tengo apego a la vida, al menos hasta el dÃa en que te vea vengado.
Una descarga siguió a su discurso: las balas penetraron en la tabla, en las paredes y en el techo.