Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa El fortÃn que defendÃa los vados del Amú-Darja en ese punto de la frontera estaba situado sobre una pequeña colina, posiblemente la única altura de la estepa occidental. Aunque no era muy recio, ofrecÃa cierta importancia porque estaba formado por un grupo de construcciones de adobe en un terraplén lleno de almenas y contaba con cuatro falconetes que disparaban balas de una libra.
Desde allà los turquestanos dominaban el rÃo en un largo trecho y a toda la aldea. Divisaron en seguida la choza que acababan de abandonar, la cual estaba aislada de todas las demás en la extremidad meridional. Delante de ella ardÃan hachones de leña fétida que expandÃan nubes de humo negro y a poca distancia se hallaban en acecho los soldados del emir fusil en mano, preparados a recibir con una descarga a los presuntos asilados. Eran unos cuarenta y a ellos se habÃan agregado algunos pescadores, más por curiosidad que para prestarles ayuda. Tabriz exclamó de pronto:
—¡El loutis!… ¡Allá!… ¡Atraviesa el rÃo en una barca llevando dos caballos!
—¿Huye?
—¡Lo apostarÃa! Ha de haber recibido el precio de su traición y ahora trata de ponerse en salvo.
—¡No debemos dejarlo escapar, Tabriz! ¡Quiero tener a ese hombre en mis manos, pues sospecho que es uno de los «águilas» pagados por Abei!