Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa —¿No oyes nada, Hadgi? —preguntó el mestvire deteniendo de pronto al compañero.
—Sólo el viento —respondió el otro.
—No, escucha bien: es el galope de un caballo. ¿Algún siervo de Talmá que haya podido abandonar la casa sin ser visto para advertir al beg? Prepara tu arcabuz, ¡rápido!
Ambos cómplices se aplastaron en el suelo. A pesar del viento se percibÃa perfectamente el galope de un caballo lanzado a rienda suelta, pues los cascos resonaban contra la tierra arcillosa. Al rato en la hosca lÃnea del horizonte se dibujó confusa la silueta de un caballero.
—Apunta tú al jinete, yo lo haré al animal —dispuso el romancero.
—Lástima no poder verle la cara antes de mandárselo al Profeta —ironizó Hadgi.
—¿Estás seguro de que no se ha movido ninguno de los nuestros?
—Ordené que nadie se alejase de los alrededores de la casa, pasara lo que pasara, y bien sabes, jefe, que nuestra gente obedece.
—Entonces no te preocupes y derriba al jinete —dispuso frÃamente el, guzlero—. Uno más o menos no va a turbar nuestras conciencias.