Aguilas de la estepa
Aguilas de la estepa Después de la partida apresurada de Hossein y Tabriz, el viejo beg había quedado completamente solo en la tienda, pues Abei Dullah marchó también en procura de la escolta que debía venir de occidente. Hechos sus preparativos de defensa, en previsión de que algún grupo de salteadores pudiese intentar un golpe de mano sabiéndolo sin compañía, había vuelto a dedicarse a aspirar el aromático humo de su narguilé. Como la noticia de la inminente boda de su sobrino Hossein con la bella Talmá se había difundido por toda la estepa y los presentes de los ricos son siempre de gran valor, no era difícil que el ataque de los bandoleros del desierto estuviese dirigido más contra los regalos que contra los contrayentes. Eso, por lo _venos, pensaba el beg, que en su juventud había sido un guerrero indómito y cuyos ardores bélicos los años no habían logrado atenuar. Apenas los tres compañeros habían desaparecido en la oscuridad, aprontó sus arcabuces persas de largo alcance, se acomodó dos pistolas en la cintura, al lado de su cangiar adornado de rubíes, y turquesas, y fue a situarse en la entrada de la tienda.
—Si los bandoleros tienen el antojo de hacerme una visita —musitó— los recibiré con todos los honores que merecen.
Su pipa se había apagado; volvió a encenderla y prosiguió:
