El buque maldito
El buque maldito
CAPITULO II
Estaba Catrame sentado en el barril, con las piernas cruzadas, a usanza turca, y rodeado de todos los marineros, que abrÃan los ojos y aguzaban los oÃdos para no perder ni un gesto del narrador ni una sola sÃlaba de la narración.
La mar estaba tranquila, permitiendo a todos, menos al timonel, que no podÃa abandonar un momento su puesto, escuchar aquel relato, que se esperaba habrÃa de ser interesante y maravilloso. Una leve brisa que soplaba de la costa de Africa impelÃa la nave hacia el Este, hacia aquella tierra extraña que se llama la India, y de la cual aun estábamos lejos, lo bastante distantes para poder escuchar, antes de llegar a ella, las doce relaciones exigidas por nuestro amable capitán.
El contramaestre, después de haber reclamado silencio con un gesto imperioso, echóse al coleto de un trago un buen vaso de vino, encendió con visible satisfacción un habano con el cual le obsequió el capitán y comenzó asÃ, con una voz bronca que parecÃa de ultratumba:
