El buque maldito
El buque maldito
CAPITULO X
También la novena noche fué papá Catrame tan puntual y exacto como el cronómetro de a bordo. Daban las ocho cuando se vió surgir su gorro, lo menos con medió siglo de servicios, por la escotilla, y tras el venerable casquete, aquel cuerpo delgado, pero nada endeble.
Se llegó hasta la proa para observar el estado del mar y del cielo, hizo desplegar la vela de mesana, echó una ojeada a la brújula para verificar la exactitud de la ruta y luego encendió la pipa y fué a sentarse en su tonel, en su trono, como decía burlonamente la tripulación.
Poco después todo su auditorio le rodeaba ávido de oírle, pues la curiosidad, lejos de disminuir, aumentaba de noche en noche, y todos hubiéramos querido que el capitán prolongase por algunas noches más el castigo del pobre viejo, aunque a veces nos había narrado historias demasiado lúgubres que nos helaban la sangre en las venas.
Papá Catrame tenía sin duda ya pensada y bien preparada durante el día la novela que nos iba a relatar como novena de la serie, porque en cuanto se sentó, sin los circunloquios ni meditaciones a los que nos tenía ya acostumbrados; empezó a contar.
