El buque maldito
El buque maldito
CAPITULO XI
También durante todo el dÃa siguiente permaneció papá Catrame sobre cubierta, paseándose gravemente de proa a popa a lo largo de la borda de estribor, que era su costado favorito, manifestando siempfe, ignoro por qué causa, resuelta aversión al lado de babor. Fumó sin interrupción, echó algunas broncas a los grumetes que se permitieron preguntarle el titulo de su décima narración y no habló con tripulante alguno. ParecÃa muy preocupado, absorto en profunda meditación, al extremo de no pensar en el barco, ni en los marineros, ni en la maniobra.
Se necesitaba poco para comprender que estaba de un humor endiablado y que las repetidas contradicciones del capitán le irritaban sobre manera. Pero quizá lo que más le pesaba era la negación de la existencia de la serpiente marina, monstruo que habla reducido a la nada su obstinado contradictor. Probé a interrogarle y me saludó sin responderme. Para seducirlo, le ofrecà un cigarro; aceptólo, agradeciéndolo con un gesto, se lo guardó en el bolsillo y prosiguió impertérrito su paseo, cabizbajo y pensativo.
