El buque maldito
El buque maldito
CAPITULO XII
Los crudos desmentimientos del capitán, cuyo propósito se reducía a disipar temores de las imaginaciones de nuestros marineros, que eran tan ignorantes y crédulos como todes los de su clase, debían de haber producido gran efecto en el ánimo del pobre sentenciado.
Así sucedió que al día siguiente no subió a la cubierta papá Catrame, y al llegar la hora de su narración se quedó en su cubil. En vano se mandó llamarle diez veces seguidas; se mantuvo inflexible. Al undécimo llamamiento tiró las botas a la cabeza del mensajero; y cuando, por último, bajó el timonel para tratar de convencerlo, el irascible viejo lo recibió descargando sobre él todas las botellas (vacías, por supuesto) que tenia a mano.
El capitán lo dejó en paz y aún le obsequió con un par de botellas (llenas) de su mejor vino, que el oso viejo recibió con un gruñido de satisfacción, y que vació pronto, pues media hora después le oimos roncar con estrépito tal que no debió de quedar una rata a bordo.
