El buque maldito
El buque maldito EL PASO DE LA LINEA
Durante todo el día siguiente el tío Catrame no compareció en el puente. Confinado en la cala durmió como un lirón, roncando como un sochantre. Al despertarse bebió lo que habla quedado de la botella y devoró con apetito de lobo la ración que le llevaron los grumetes.
Su presencia sobre cubierta no era necesaria, pues el tiempo continuaba bueno; el viento, débil, y la mar, tranquila.
Poco después de la puesta del sol, y al asomar la luna en el horizonte, reflejándose vagamente en la azul y límpida superficie del mar, se oyeron crujir los escalones, y poco después se vió aparecer por la escotilla la cabeza del viejo contramaestre.
Aspiró con manifiesta avidez una bocanada de aire de mar, recorrió la nave de proa a popa con su especial andar bamboleante, que tanto le asemejaba a un oso blanco; echó una ojeada a las velas y, sin mirar a ninguno de la tripulación, sacó su pipa corta, la cargó flemáticamente de tabaco negro y fué a sentarse con toda gravedad en el barril, entregándose, al parecer, a profundos pensamientos.
