El buque maldito

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CAPITULO IV

LA CAMPANA DE LOS MUERTOS

Tampoco durante la tercera jornada apareció el tío Catrame sobre cubierta. ¿Quería estar solo para bucear en las antiguas memorias y preparar una de sus fúnebres leyendas para contárnosla a la noche, o era que le pesaba demasiado la edad? ¿Quién puede decirlo?

Sin embargo, cuando a la noche dejó la cala y subió al puente, me pareció que estaba de pésimo humor. No saludó a nadie; no miró ni al mar ni a la arboladura, contra su costumbre, y fué a sentarse con aspecto sombrío sobre su barril. Apoyó la cabeza en las manos y se quedó meditabundo.

Era de esperar alguna pavorosa historia dado el humor del narrador. ¿Qué bullía en aquel viejo cerebro, lleno de supersticiones?

Indudablemente, nada alegre; era un hombre tan melancólico como las consejas que contaba y tan fantástico como los pueblos que viven bajo los nebulosos horizontes de los mares del Norte.

—Papá Catrame —dijo el capitán, acercándose al contramaestre—, ¿qué te cosquillea en la mollera esta noche? ¿Qué suceso fúnebre vas a contarnos?

—Estoy triste — respondió el lobo de mar.

—Quizá mi Chipre agrave tu melancolía. Si fuera así, iba a retorcer el cuello a aquel bribón de musulmán que me lo vendió.


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