El buque maldito
El buque maldito
CAPITULO V
Nadie tenia prisa por acudir a escuchar la cuarta narración del contramaestre. Todos tenían ya miedo de las fúnebres leyendas del viejo marinero, temblaban al oír cualquier rumor insólito procedente del fondo de la estiba, se asustaban por cualquier sombra, pensando en los fantasmas de la Caronte, y palidecían a la vista de alguna nave, sospechando que fuera la del maldito holandés.
Era ya demasiado terror el que había comunicado con sus leyendas fúnebres a la tripulación, y no cabía dudar que si continuaba narrando historias de la misma índole la mayoría de los marineros desertarían en cuanto tocásemos en los puertos de la India, como había profetizado en medio de burlas el comandante.
Aquella tarde maese Catrame permaneció un buen rato solo, sentado en el barril; pero no parecía inquietarse por ello. Sacó del bolsillo un pliego de papel de tamaño comercial, escribió en él algunas palabras con un pedazo de carbón, y haciendo una letra grande, amazacotada, de trazos gruesos y torcidos, fijó en el palo mayor, a guisa de cartel, lo escrito, y acomodándose lo mejor posible en su asiento, llenó su pipa, la encendió y se puso, a fumar como un turco.
