El buque maldito
El buque maldito CAPITULO VI
La quinta noche el ex rey de los salvajes no apareció por cubierta. Acudió a la hora de la comida, devoró su ración con apetito de lobo, y viendo el mar en calma y el viento constante, se retiró, llevándose buena provisión de galleta y lo que pudo agenciarse como adelanto de la cena.
La tripulación, que habla tomado gusto a aquellas narraciones más o menos fantásticas, se reunió a la hora precisa en torno del barril, disputándose los primeros puestos; pero el tío Catrame no parecía. ¿Estaba enfermo o habla atrapado el vómito? No lo pude saber, porque el viejo oso no dió nunca explicaciones, y el camarero que enviamos a la cala para que averiguase lo que sucedía y nos lo contase volvió a cubierta con la cara estropeada por un zapatazo que le tiró el irascible contramaestre.
Aguardamos hasta las nueve, luego hasta las diez; pero fué en varío. Algunos, a pesar del supersticioso terror que inspiraba el extraño viejo y de la mala acogida hecha al camarero, se atrevieron a bajar al cubil de la fiera; pero sólo pudieron decir que roncaba como un contrabajo descordado.
El capitán, que quería mucho al contramaestre, ordenó que por aquella noche se le dejase tranquilo.
