El buque maldito
El buque maldito CAPITULOVII
Al siguiente dÃa el mar se agitó mucho, levantándose un viento cálido procedente de los desiertos de Arabia, de cuyas costas no estábamos muy lejos. Por dos veces tuvimos que recoger velas.
Sin embargo, por la tarde el viento se calmó bastante y también el mar se hizo menos violento, y el tÃo Catrame, que habÃa pensado evadirse de contar su historia aquella noche por la tempestad, se llevó chasco, y tuvo, de buena o de mala gana, que ocupar su puesto, en el barril. Pero aquel viejo cascarrabias antes de comenzar su narración gruñó un buen rato, perdió más de un cuarto de hora en cargar y encender su pipa y se sonó lo menos doce veces con ruido estrepitoso.
Pero todo tiene fin en el mundo, y después de apurar durante bastante rato nuestra paciencia, vióse obligado a empezar su relato.
—Afirman las leyendas...
—¡Basta de leyendas! —exclamó el capitán—. ¡Uf! ¿No vas a acabar de una vez con esas viejas historias?
—¿No le agradan a usted?
—Estoy harto de ellas, papá Catrame.
El contramaestre sonrió e hizo un gesto que hizo reÃr a toda la tripulación. Luego exclamó acariciándose los blancos pelos que servÃan de mareo a su rostro:
