El buque maldito
El buque maldito
CAPITULO VIII
Sea que el miedo invadió insensiblemente a nuestra tripulación, quizás porque navegábamos por el mismo mar que habla engullido al buque embrujado, sea por efecto de la risa socarrona del contramaestre, que aún resonaba en nuestros oídos, sea por la actitud de nuestro capitán, que esta vez no se habla burlado, como solía hacerlo, de las supersticiones de Catrame, lo cierto es que aquella memorable noche cierta tristeza mezclada con pavor se enseñoreó de los tripulantes del barco.
Los de guardia miraban ansiosos en todas direcciones la oscura extensión de las aguas, temerosos de ver aparecer la hoguera de la luz límpida y tranquila, y se estremecían cada vez que el barco, al trasponer las grandes olas, vibraba o crujía, creyendo que ya iban a oír los tres martillazos misteriosos, y observaban continuamente la línea de flotación, por si se sumergía...
Dos veces, en el momento del relevo, asomó Catrame su cabeza canosa por la escotilla y dejó oír aquella carcajada estridente que nos daba escalofríos, porque nos parecía la risa de un duende.
Sin embargo, durante el día no se dejó ver, y, cosa insólita, tampoco el capitán salió de su camarote, ni siquiera al mediodía para tomar la altura del sol.
