El Capitán tormenta
El Capitán tormenta LOS CRISTIANOS EN LA PESCA DE SANGUIJUELAS
Cuando los expedicionarios bajaron de la altura, sobre la cual estaba el castillo y llegaron a las llanuras onduladas, en las cuales solo crecían palmeras o higos chumbos, el sol estaba ya muy alto en el horizonte.
Hasta aquella parte del país, alejada de Famagosta, mostraba las huellas del paso de los turcos, que no dejaban en su alrededor más que ruinas y cadáveres.
Después de media hora de galope tendido, la comitiva llegó a una especie de plazoleta en que se veían estanques cubiertos de hojas y tallos podridos, que revelaban la presencia de la fiebre, oculta entre las descompuestas raíces y el fango del fondo.
En la orilla de uno de ellos, algunos hombres medio desnudos, armados de largos palos, se ocupaban en remover el agua cenagosa.
—Estos son los primeros pescadores, señor —dijo el turco, deteniendo su caballo.
El capitán se acercó a una tienda, bajo la cual cuatro soldados estaban preparándose el café, y les dio órdenes de hacer trabajar en seguida a los esclavos, para enseñar al hijo del gobernador de Medina cómo se realizaba la pesca de las sanguijuelas.
