El Capitán tormenta
El Capitán tormenta LOS CAPRICHOS DE HARADJA
Los expedicionarios emprendieron desenfrenada carrera. Haradja, con el rostro animado, los negros ojos chispeantes y la cabellera suelta al viento, espoleaba sin cesar a su caballo, gritando:
—¡Aviva a tu caballo, capitán! ¡Un árabe no debe quedarse atrás nunca!
La duquesa, excelente amazona, obligaba a su corcel a hacer prodigiosos esfuerzos para mantenerse al nivel del de Haradja.
La escolta se retrasaba por momentos, no obstante los gritos y espolazos de los jinetes para animar a los fatigados caballos.
Tan solo el capitán turco y Perpignano lograban alcanzar algunas veces a las dos mujeres.
Aquel galope infernal duró unos veinte minutos, y no cesó hasta llegar a la plataforma del castillo.
La duquesa detuvo con un enérgico tirón a su caballo, y, echando pie a tierra, se acercó a Haradja para ayudarla; pero esta la rechazó con imperioso gesto.
—¡La sobrina de Alí-Bajá —dijo— no necesita escuderos ni soldados para que la ayuden!
Y mirando con provocadora sonrisa a la duquesa, añadió, después de haber echado pie a tierra sin apoyarse en los estribos:
—Eres huésped en mi castillo, gentil capitán, y tus deseos serán para mí órdenes.
