El Capitán tormenta

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CAPÍTULO VIII

LOS CAPRICHOS DE HARADJA

Los expedicionarios emprendieron desenfrenada carrera. Haradja, con el rostro animado, los negros ojos chispeantes y la cabellera suelta al viento, espoleaba sin cesar a su caballo, gritando:

—¡Aviva a tu caballo, capitán! ¡Un árabe no debe quedarse atrás nunca!

La duquesa, excelente amazona, obligaba a su corcel a hacer prodigiosos esfuerzos para mantenerse al nivel del de Haradja.

La escolta se retrasaba por momentos, no obstante los gritos y espolazos de los jinetes para animar a los fatigados caballos.

Tan solo el capitán turco y Perpignano lograban alcanzar algunas veces a las dos mujeres.

Aquel galope infernal duró unos veinte minutos, y no cesó hasta llegar a la plataforma del castillo.

La duquesa detuvo con un enérgico tirón a su caballo, y, echando pie a tierra, se acercó a Haradja para ayudarla; pero esta la rechazó con imperioso gesto.

—¡La sobrina de Alí-Bajá —dijo— no necesita escuderos ni soldados para que la ayuden!

Y mirando con provocadora sonrisa a la duquesa, añadió, después de haber echado pie a tierra sin apoyarse en los estribos:

—Eres huésped en mi castillo, gentil capitán, y tus deseos serán para mí órdenes.


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