El Capitán tormenta
El Capitán tormenta LA TRAICIÓN DE HARADJA
Llamó al mayordomo, que esperaba sus órdenes. Era un viejo turco, obeso y alto, que ya debía de haber adivinado la treta jugada por Haradja al León de Damasco, porque se permitió sonreír maliciosamente.
—¿Es seguro el subterráneo? —preguntó Haradja.
—Sí, señora: no tiene más que una salida cerrada por la puerta de hierro capaz de resistir un tiro de culebrina.
—Ve a llamar al comandante de genízaros; entretanto, haz servir a la escolta de Muley-el-Kadel café, helados y dulces, y ruégales que se desarmen y que descansen hasta que su señor haya terminado de comer conmigo.
—¿Obedecerán?
—¿Lo dudas?
—He visto al León de Damasco hablar en voz baja con aquel negro, que parece ser el comandante de la escolta.
—Ve, y no te preocupes por nada. En lo demás pienso yo. Espero al capitán de genízaros.
El eunuco se acercó a varios esclavos para ordenarles llevar refrescos, y se dirigió hacia Ben-Tael, que ya iba impacientándose.
