El Capitán tormenta
El Capitán tormenta La encontró en el comedor paseando como un tigre enjaulado. El capitán de genÃzaros estaba de pie en un ángulo.
—¿Has conseguido algo? —preguntó, volviéndose como una furia.
—Esos hombres han rechazado no solo tus refrescos, sino también la indicación de desarmarse y echar pie a tierra.
—¿Sospechan algo? —dijo Haradja, impetuosamente.
—Lo temo; todos parecen asombrados de que su señor haya consentido en comer contigo.
—Y tú, capitán, ¿respondes de la fidelidad de tus genÃzaros? —preguntó Haradja.
—Se trata del León de Damasco, señora, y dudo que se presten a destruir su escolta. Ese joven es muy popular entre el ejército, y estoy seguro de que los soldados se rebelarÃan, aunque tal orden les fuera dada por Mustafá.
—¡Pues bien, yo destruiré a unos y a otros! —dijo Haradja, con exaltación; y, volviéndose al eunuco, dijo—: Llama a todos los esclavos y árabes de mi escolta, y ordena que ocupen las terrazas superiores; y tú, capitán, desarma a tus hombres, ya que no se puede contar con ellos.