El Capitán tormenta

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CAPÍTULO II

EL LEÓN DE DAMASCO

El día comenzaba a amanecer, iluminando la llanura de Famagosta, cubierta de humeantes ruinas, y el inmenso campamento turco se distinguía poco a poco. El capitán Tormenta y el capitán Laczinski aguardaban.

En el campo enemigo se oían las voces del sacerdote, terminando siempre con una incitación a exterminar a los perros cristianos de Famagosta; los venecianos hacían su desayuno con aceitunas y algún pedazo de pan casi incomible, pues las provisiones escaseaban tanto que, para no morir de hambre, los habitantes se veían reducidos a comer hierba cocida y cuero.

Una vez terminada la plegaria del sacerdote, se vio a un guerrero turco galopar hacia Famagosta, seguido por un soldado que llevaba un estandarte con la medialuna y la cola de caballo sobre un lienzo blanco.

Era un gentil joven de veinticuatro o veinticinco años, de piel blanca, bigotes negros, mirada viva y ardiente, y ricamente vestido.

Empuñaba una cimitarra, y en su faja se veía un yatagán de hoja ligeramente curvada.

Una vez que estuvo a trescientos pasos del fuerte, hizo seña a su escudero de clavar en tierra el estandarte, como para indicar a los asediados que se presentaba bajo la protección de la bandera blanca, y después de haber galopado algunos minutos con maestría incomparable en su blanco caballo árabe, gritó con voz potente:


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