El Capitán tormenta
El Capitán tormenta UNA PARTIDA DE DADOS
—¡Siete!
—¡Cinco!
—¡Once!
—¡Cuatro!
—¡Gané!
—¡Treinta mil cimitarras turcas me valgan! ¡QuĂ© suerte tenĂ©is, señor Perpignano! Ochenta cequĂes en dos noches. ¡Esto no puede seguir asĂ! ¡Prefiero un balazo de culebrina (cañón pequeño de bronce), aunque la bala proceda de esos perros de infieles! ¡Al menos no me martirizarán cuando tomen a Famagosta!
—¡Si la toman, capitán Laczinski!
—¿Creéis que no, señor Perpignano?
—Mientras contemos con los mercenarios, Famagosta no será tomada. La República sabe elegir sus soldados.
—No son polacos.
—¡Capitán, no ofendáis a los soldados dálmatas!
—No es esa mi intención; sin embargo, si estuviesen aquà mis compatriotas…
Un murmullo amenazador, que se elevó alrededor de los dos jugadores, acompañado del entrechocar de espadas nerviosamente agitadas, hizo que el capitán Laczinski interrumpiera su frase.
